Decidir para servir: las mejores decisiones no nacen del cálculo, sino de la responsabilidad
- Alta Dirección Jurídica
- hace 16 horas
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Por Luis Hernández Martínez*
Polímata en cumplimiento estratégico, ética corporativa, liderazgo regulatorio e investigaciones periodísticas especializadas en empresas y negocios (también un ignorante razonable, y aprendiz para siempre, de otras disciplinas).
En la alta dirección, decidir suele presentarse como un problema técnico: datos, métricas, escenarios, proyecciones. Pero quienes toman decisiones que afectan a miles de personas (empleados, clientes, comunidades) saben que hay momentos en los que el análisis se agota y la decisión... Sigue pendiente.
Ahí empieza la verdadera prueba del liderazgo.
La filosofía de la decisión, lejos de ser abstracta, ofrece una clave esencial para el liderazgo contemporáneo: decidir bien no es elegir lo más rentable, sino hacerse responsable del bien de otros cuando no hay respuestas evidentes. Eso, hoy, es una ventaja estratégica.
Ante bienes aparentemente iguales, la responsabilidad decide
Consejos de administración y comités ejecutivos lo viven a diario: dos proyectos viables, dos candidatos sólidos, dos estrategias con números prácticamente idénticos. El modelo ya no distingue y la decisión se posterga esperando un dato más.
La filosofía clásica es directa: en el orden práctico, los bienes nunca son absolutamente iguales, aunque lo parezcan en las hojas de cálculo (Aristóteles, 1998). Siempre hay diferencias con respecto al impacto humano, riesgos trasladados o consecuencias a largo plazo.
Cuando el análisis no inclina la balanza, la pregunta decisiva no es técnica, sino ética y estratégica a la vez: ¿a quién sirve mejor esta decisión y quién cargará con el costo si falla?
Las organizaciones maduras entienden esto. No se paralizan esperando certeza total. Deciden asumiendo la responsabilidad, con carácter. Las que no, delegan la decisión al mercado, a la crisis o al siguiente directivo. No decidir también es decidir, y casi siempre beneficia al statu quo, no a las personas.
Bien y motivo: la diferencia define la cultura
Muchas malas decisiones no lo son por el bien elegido, sino por el motivo que las impulsa.
La distinción es clave (Aquino, 2006):
El bien es el objetivo declarado (crecimiento, eficiencia, sostenibilidad).
El motivo es la razón real por la que se elige: prestigio, presión, miedo, incentivos de corto plazo.
Dos empresas pueden implementar el mismo programa de bienestar laboral. Una lo hace para cuidar de manera genuina a su gente. La otra para mejorar rankings o reducir rotación de personal (al menos en papel).
El resultado no tarda en manifestarse. ¿Dónde? En la confianza, en la coherencia y en la legitimidad del liderazgo.
Para la alta dirección, examinar el motivo no es moralismo al garete, es gestión organizacional avanzada. Las decisiones tomadas por motivos torcidos erosionan la cultura, incluso cuando el bien elegido parece correcto.
Decidir rápido no es hacerlo bien
En el mundo corporativo se celebra al directivo “decidido”: rápido, firme, orientado a resultados (al "shark"). Pero la filosofía distingue algo esencial para el liderazgo responsable (Aristóteles, 1995):
La causa eficiente de la decisión es la voluntad: quien ejecuta.
La causa formal es la forma racional del acto: su fin, su sentido, su orientación al bien.
Cuando sólo hay causa eficiente, hay acción; pero no necesariamente decisión humana plena. Hay movimiento, no dirección.
Para la alta dirección, la causa formal es crítica porque:
Explica decisiones difíciles.
Sostiene la autoridad más allá del cargo.
Convierte la estrategia en algo comprensible y compartido.
Velocidad sin sentido no es liderazgo. Es activismo directivo.
La decisión como competencia de la voluntad
Las malas decisiones rara vez provienen de falta de inteligencia. Más bien surgen de voluntades mal formadas: impulsivas, reactivas o evasivas.
La tradición filosófica describe la decisión como un proceso (Aquino, 1997):
Comprender el bien posible.
Inclinarse hacia él.
Deliberar alternativas.
Elegir y ejecutar.
En la práctica empresarial, los errores más costosos aparecen cuando se acortan etapas: se ejecuta sin deliberar, se decide sin asumir consecuencias, se actúa sin escuchar a quienes serán afectados.
Las organizaciones que perduran educan la capacidad de decidir de sus líderes: fomentan pausa, contraste de razones y responsabilidad sin cinismo. Eso no las vuelve lentas. Las vuelve confiables.
Decidir para servir: liderazgo como legado
En la alta dirección, decidir no es sólo elegir una opción. Es asumir con responsabilidad el impacto de esa elección en otros.
Las empresas que entienden la decisión como forma de servicio:
Construyen legitimidad interna.
Reducen conflictos futuros.
Fortalecen su liderazgo en contextos de incertidumbre.
Recuerda: toda decisión deja huella. Y las organizaciones que importan son aquellas donde las decisiones sirven a las personas antes que servirse de ellas.
* El autor es fundador de Alta Dirección Jurídica y Socio del Área de Capacitación de Vission Firm México (miembro de GGI Global Alliance).
PARA CITAR EL PRESENTE ARTÍCULO: Hernández, L. (2026, 4 de febrero). Decidir para servir: las mejores decisiones no nacen del cálculo, sino de la responsabilidad [Entrada de blog]. Alta Dirección Jurídica. https://www.altadireccionjuridica.com/post/decidir-para-servir-las-mejores-decisiones-no-nacen-del-cálculo-sino-de-la-responsabilidad
REFERENCIAS:
Aquino, T. (1997). De Veritate. Hackett Publishing.
Aquino, T. (2006). Summa Theologiae. Benziger Bros.
Aristóteles. (1995). Metafísica (V. García Yebra, Trad.). Gredos.
Aristóteles. (1998). Ética a Nicómaco (J. Pallí Bonet, Trad.). Gredos.