El alma de la alta dirección: más allá de la posmodernidad y de la inteligencia artificial
- Alta Dirección Jurídica

- 14 oct 2025
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 5 nov 2025

Por Luis Hernández Martínez*
Polímata en cumplimiento estratégico, ética corporativa, liderazgo regulatorio e investigaciones periodísticas especializadas en empresas y negocios (también un ignorante razonable en otras disciplinas).
En el ruido de la posmodernidad y la irrupción de la inteligencia artificial (IA), muchos se preguntan cuál es todavía el rol esencial de la alta dirección. ¿Qué puede hacer un Chief Executive Officer (CEO) que un algoritmo no realice? ¿Dónde radica la diferencia entre un consejo directivo y un tablero de control inteligente? La respuesta puede parecer sorprendente: retomemos a Aristóteles.
En su tratado Acerca del alma, Aristóteles (2011) definió al alma como la forma de los cuerpos vivientes ("entelequia primera de un cuerpo en potencia organizado"), distinguiendo tres niveles: vegetativo, sensitivo y racional. Esa clasificación, lejos de ser un mero dato histórico, ofrece un marco útil para pensar la vida de las organizaciones y el rol que sus líderes deben desempeñar.
1. El alma vegetativa de la empresa: sobrevivir y sostenerse
Toda organización, como toda planta, tiene necesidades básicas: nutrirse, crecer y reproducirse. Esto se traduce en supervivencia financiera, liquidez, flujo de caja y capacidad de mantener la operación en marcha.
Una empresa en “modo vegetativo” se centra en sostenerse: reducir costos, generar ventas mínimas y garantizar un ciclo básico de continuidad.
Muchos startups caen en este nivel cuando dependen exclusivamente de rondas de inversión para “alimentarse” y crecer, sin un modelo de negocio sólido que las sostenga.
De igual forma, grandes corporaciones que sólo vigilan el EBITDA mes a mes corren el riesgo de volverse organismos gigantescos sin propósito, preocupados por sobrevivir, pero incapaces de trascender.
En el ecosistema posmoderno, donde el cortoplacismo domina, el alma vegetativa es indispensable pero insuficiente. Una empresa que sólo vive para sobrevivir termina por marchitarse.
2. El alma sensitiva: percibir, reaccionar y adaptarse
El siguiente nivel corresponde al alma sensitiva, propia de los animales; capaz de percibir, desear y moverse. Trasladado al mundo corporativo: la capacidad de leer el mercado, detectar señales débiles, escuchar al cliente y responder con agilidad.
En este plano, el management se convierte en radar: analiza tendencias, mide cambios en la experiencia del usuario, percibe oportunidades emergentes.
Empresas exitosas en este nivel son las que tienen inteligencia de mercado e innovación incremental: saben reaccionar rápido, pivotear, adaptar productos.
El riesgo está en que se vive en estado de reacción continua. En la posmodernidad, donde las señales son fragmentadas y el entorno es hiperacelerado, la empresa corre el peligro de convertirse en un organismo reactivo, siempre persiguiendo al entorno, pero sin marcar el rumbo.
Con la irrupción de la IA, el alma sensitiva se automatiza fácilmente. Chatbots, algoritmos de análisis de sentimiento y big data permiten sentir más y mejor que cualquier humano. Pero percibir no equivale a comprender; y reaccionar no significa dirigir.
3. El alma racional: pensar, deliberar y decidir con propósito
Aquí Aristóteles situó el grado más alto: el alma racional, exclusiva del ser humano. Este nivel no se limita a sentir ni a sobrevivir: es la capacidad de pensar en conceptos universales, deliberar sobre fines y decidir con sentido ético.
Para la alta dirección, el alma racional significa formular visión estratégica, establecer un norte y definir qué fines persigue la empresa y por qué.
Ningún algoritmo puede deliberar sobre la justicia de una decisión, sobre la dignidad del trabajo humano o sobre el impacto a largo plazo en la comunidad.
La IA puede ofrecer diagnósticos más veloces que cualquier comité, pero no puede articular valores ni construir sentido compartido.
En este nivel, la dirección se convierte en guardián del propósito. No se trata sólo de decidir qué producto lanzar o qué mercado conquistar, sino de responder preguntas radicales: ¿para qué existe la empresa? ¿Qué aporta a la sociedad? ¿Qué mundo quiere dejar?
4. La alta dirección en la era de la inteligencia artificial
En tiempos donde la IA promete desplazar funciones de analistas, consultores e incluso abogados o médicos, podría parecer que también amenaza a la figura del CEO. Pero la realidad es otra: la IA potencia el nivel vegetativo y sensitivo de las organizaciones, liberando a la alta dirección para concentrarse en lo verdaderamente humano.
La IA administra la eficiencia (vegetativo): optimiza procesos, reduce tiempos y costos.
La IA amplifica la sensibilidad (sensitivo): detecta patrones, escucha consumidores, predice tendencias.
Pero sólo los humanos pueden ejercer el alma racional: decidir fines, deliberar sobre dilemas universales; integrar conceptos como la justicia y la rentabilidad en una misma ecuación.
El rol de la alta dirección no se reduce a optimizar, sino a orientar. En la posmodernidad, donde los discursos se fragmentan y la verdad parece líquida, la empresa necesita líderes que no sólo escuchen datos, sino que otorguen sentido al conjunto.
5. Una lección aristotélica para la posmodernidad
La lección de Aristóteles sigue vigente: el alma es la entelequia, la forma que organiza y da unidad al cuerpo. En la empresa, el liderazgo directivo cumple esa misma función: no basta con tener recursos, datos o inteligencia artificial; hace falta un principio que unifique, oriente y dé razón de ser.
La posmodernidad exige líderes capaces de sostener (alma vegetativa), adaptarse (alma sensitiva), pero sobre todo deliberar con visión y ética (alma racional). Allí radica la función de la alta dirección (voluntad e inteligencia). En un mundo donde los algoritmos son músculo y cerebro reactivo, los líderes deben ser el alma que dota de propósito a la acción colectiva.
La metáfora es contundente: el destino de la empresa no debe supeditarse a la tiranía material del algoritmo, necesita un principio vital, un propósito racional de vida (inmaterial, trascendente, generacional). La alta dirección debe estar dispuesta a rendir cuentas, no solamente ante los accionistas, sino también a la sociedad.
Y es que la ética organizacional no es un problema por resolver con un par de cursos o talleres, no. Es antes todo un asunto de liderazgo humanista, transformacional (por citar un par de características clave). Necesita una capacitación estratégica, encabezada por la C-suite de la organización.
Será muy fácil verificar mi dicho con la impresionante cantidad de casos de bancarrota o corrupción difundidos en diferentes medios. Ahí tienes el infierno corporativo que vivieron las compañías que mencioné en mi libro “Los 7 Pecados Capitales de las Empresas” (Hernández, 2000).
Atiende la lección de Aristóteles. No permitas que el ruido de la posmodernidad y la irrupción de la inteligencia artificial (IA) impidan que potencies el alma inmortal de la alta dirección que marcará el tiempo, ritmo y modo de tu empresa.
*El autor es fundador de Alta Dirección Jurídica y Socio del Área de Capacitación de Vission Firm México (miembro de GGI Global Alliance).
PARA CITAR EL PRESENTE ARTÍCULO: Hernández, L. (2025, 14 de octubre). El alma de la alta dirección: más allá de la posmodernidad y de la inteligencia artificial [Entrada de blog]. Alta Dirección Jurídica. https://www.altadireccionjuridica.com/post/el-alma-de-la-alta-dirección-más-allá-de-la-posmodernidad-y-de-la-inteligencia-artificial
REFERENCIAS:
Aristóteles. (2011). Acerca del alma. Barcelona. Gredos.
Hernández, Luis (2000). Los 7 pecados capitales de las empresas. México. Editorial Diana.



Velasco Flores Jaqueline (T)
En este artículo se aborda un tema que actualmente es muy importante en las empresas, el uso de la IA
Si bien, la IA procesa los datos de una manera más rápida, no puede racionar como lo hace un humano, esta no tiene la capacidad para conectar con los consumidores, ya que carece de los valores que un ser humano tiene.
La IA es una gran ayuda, pero no es un remplazo, es una herramienta de apoyo, pero las decisiones deben tomarse únicamente por personas reales, ya que solo nosotros sabemos lo que verdaderamente las personas necesitan.
Un buen líder debe ver más allá de datos, tiene que pensar, deliberar y decidir con ética
La IA puede automatizar las funciones vegetativas (eficiencia) y sensitivas (percepción) de la empresa, pero solo la Alta Dirección ejerce el alma racional. El liderazgo esencial consiste en deliberar sobre los fines, la ética y el propósito, algo que ningún algoritmo puede replicar, convirtiendo al directivo en el guardián del sentido en la era digital
El texto me pareció un respiro necesario entre tanta tecnología. A veces se nos olvida que las empresas están hechas de personas y para personas. Usar a Aristóteles sirve para recordarnos que un jefe que solo mira el dinero está funcionando como una "planta", y uno que solo reacciona al mercado funciona como un "animal".
De este artículo, con lo que más me quedo, es con el paradoja de Aristóteles acerca de las tres partes del alma que son: vegetativos, sensitivo y racional, que es el más importante ya que es el que nos brinda el criterio y pensamiento propio para llevar al frente una empresa ya que eso es lo que no puede hacer la IA tener alma racional, una parte del artículo dice que si dejas que tu empresa se lleve a cabo solo sobreviviendo tarde o temprano marchitará y eso es muy real, si no te capacitas constantemente la empresa no podrá seguir a flote por mucho tiempo.
Melanie Castillo (T)
Quezada Antonio Jesús (T)
La IA a cambiando bastante el manejo de datos y sus análisis, que con ello una toma de decir. Pero si bien es muy rápida, no es eficiente. Este artículo me deja la respuesta a ese contexto, dónde nos dice que si bien la IA es rápida no puede generar una respuesta que generé valor o un sentido de unión, con lo cuál se debe ser tomar en cuenta estos niveles que Aristóteles nos da, es decir, me llevo como aprendizaje tener un carácter más humano sin caer en vicios que hagan de estás herramientas mal uso.