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Reglas que liberan: por qué los grandes líderes no improvisan (aunque puedan)

Actualizado: 21 feb

La alta dirección (empresarial o gubernamental) no se define por la cantidad de decisiones que toma personalmente, sino por la calidad del marco normativo que construye.
La alta dirección (empresarial o gubernamental) no se define por la cantidad de decisiones que toma personalmente, sino por la calidad del marco normativo que construye; por los mandamientos que respeta.

Por Luis Hernández Martínez*

Polímata en cumplimiento estratégico, ética corporativa, liderazgo regulatorio e investigaciones periodísticas especializadas en empresas y negocios (también un ignorante razonable, y aprendiz para siempre, de otras disciplinas).


En la alta dirección (sea en el gobierno o en la empresa) hay una tentación constante: decidir caso por caso, confiando en la experiencia, el instinto o el poder formal. La narrativa del “líder excepcional” que resuelve todo con criterio propio sigue siendo seductora.


Pero las organizaciones que perduran no se construyen sobre impulsos brillantes. Se edifican sobre reglas bien pensadas. La pregunta no es si un Chief Executive Officer (CEO) o un secretario de Estado puede decidir sin reglas. Puede. La pregunta es si debe hacerlo.


La teoría contemporánea de la decisión y del derecho ofrece una respuesta incómoda pero estratégica: las reglas no son obstáculos a la buena decisión; son su condición de posibilidad (Schauer, 1991).



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Reglas: diseño inteligente de decisiones

Toda regla es una generalización práctica: ante cierto tipo de situación, actúa de esta manera. No describe cada caso; captura un patrón. ¿Por qué las organizaciones crean reglas? Porque decidir desde cero es más costoso cada vez, inconsistente y vulnerable al sesgo. Las reglas reducen error, estabilizan expectativas y permiten coordinación (Sunstein, 1996).


En un consejo de administración, por ejemplo, establecer criterios fijos para adquisiciones evita que cada operación dependa del ánimo del momento. En el gobierno, reglas claras de contratación pública reducen discrecionalidad y riesgo de corrupción. Las reglas son, en esencia, una tecnología institucional para gestionar la complejidad.


Algunas reglas no sólo orientan: se imponen incluso cuando un caso particular parece merecer excepción. A eso se le llama atrincheramiento. ¿Por qué hacerlo? Porque hay valores que requieren estabilidad: igualdad, imparcialidad, seguridad jurídica. Si cada excepción abre la puerta a la discrecionalidad, la organización pierde credibilidad (Hart, 2012).


Raz (1999) explica que las reglas funcionan como razones excluyentes: no sólo cuentan como una razón más, sino que desplazan otras consideraciones que normalmente entrarían en juego. Para la alta dirección, esto tiene una implicación estratégica poderosa: hay decisiones que deben tomarse conforme a reglas incluso cuando el caso concreto “invita” a desviarse.


Un director general que salta su propio código de ética por conveniencia puntual envía un mensaje devastador: la regla existe hasta que incomoda.


Decidir con reglas no elimina liderazgo

Existe el mito de que las reglas reducen la autonomía del líder. En realidad, hacen lo contrario: protegen su legitimidad. En contextos complejos, el liderazgo no consiste en decidir todo personalmente, sino en diseñar un marco normativo que permita decisiones coherentes a lo largo de la organización.


Schauer (1991) lo plantea con claridad: las reglas aceptan que habrá casos donde la aplicación estricta no produzca el mejor resultado individual, pero el sistema en conjunto funciona mejor gracias a esa estabilidad.


Para un gobierno, esto significa fortalecer el estado de derecho. Para una empresa, significa construir cultura organizacional. Ambos comparten un objetivo: previsibilidad con justicia.


Estabilidad frente a arbitrariedad

Las reglas tienen fuerza porque excluyen alternativas. Si una norma establece límites claros de gasto, el argumento “pero en este caso conviene”, entonces deja de ser suficiente. Esa exclusión protege a la organización de decisiones impulsivas, favoritismos o conflictos de interés.


Dworkin (1986) distinguía entre reglas y principios: las reglas operan de forma más definida; los principios ponderan valores. En la alta dirección, ambos son necesarios, pero las reglas cumplen una función estructural: delimitan el terreno donde puede ejercerse el juicio. Sin reglas claras, el juicio se vuelve poder desnudo.


Aplicar reglas no significa hacerlo mecánicamente. Toda regla requiere interpretación: ¿este caso encaja realmente en el supuesto? ¿Cuál es el fin que la norma busca proteger?

Alexy (2002) subraya que el razonamiento jurídico y normativo implica ponderación y justificación racional.


La interpretación responsable busca coherencia sistémica sin perder sensibilidad ante casos difíciles. Para la alta dirección, esto significa que la madurez institucional no está en eliminar reglas incómodas, sino en saber:

  • Cuándo aplicarlas sin excepción.

  • Cuándo interpretarlas conforme a su finalidad.

  • Cuándo reformarlas si sistemáticamente generan distorsiones.


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¿Qué está en juego? La confianza

En el gobierno, las reglas sostienen el estado de derecho. En la empresa, sostienen la reputación y la cultura interna. Cuando las reglas se aplican selectivamente, la confianza se erosiona. Y la confianza es el activo más costoso de recuperar. Las organizaciones sólidas entienden que decidir conforme a reglas no es burocracia; es una forma de respeto hacia quienes dependen de sus decisiones.


Improvisar puede parecer ágil. Pero diseñar y respetar reglas es profundamente estratégico. Las reglas bien diseñadas no sofocan el liderazgo. Lo disciplinan, lo hacen explicable y lo vuelven confiable.


La alta dirección (empresarial o gubernamental) no se define por la cantidad de decisiones que toma personalmente, sino por la calidad del marco normativo que construye. Porque, al final, las reglas no son enemigas de la libertad decisoria. Son la condición para que esa libertad no se convierta en arbitrariedad.


* El autor es fundador de Alta Dirección Jurídica, Socio del Área de Capacitación de Vission Firm México (miembro de GGI Global Alliance) y Director Académico en Academia de Política Digital (credenciales evaluadas por la World Education Services)


PARA CITAR LA PRESENTE CRÓNICA: Hernández, L. (2026, 20 de febrero). Reglas que liberan: por qué los grandes líderes no improvisan (aunque puedan) [Entrada de blog]. Alta Dirección Jurídica. https://www.altadireccionjuridica.com/post/reglas-que-liberan-por-qu%C3%A9-los-grandes-l%C3%ADderes-no-improvisan-aunque-puedan

 

REFERENCIAS:

  • Alexy, R. (2002). A theory of constitutional rights (J. Rivers, Trans.). Oxford University Press.

  • Dworkin, R. (1986). Law’s empire. Harvard University Press.

  • Hart, H. L. A. (2012). The concept of law (3rd ed.). Oxford University Press.

  • Raz, J. (1999). Practical reason and norms (2nd ed.). Oxford University Press.

  • Schauer, F. (1991). Playing by the rules: A philosophical examination of rule-based decision-making in law and in life. Oxford University Press.

  • Sunstein, C. R. (1996). Legal reasoning and political conflict. Oxford University Press.


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42 comentarios


Las reglas son un elemento fundamental para la dirección de cualquier organización. Coincido con lo dicho en el artículo, pues las reglas le dan credibilidad y estabilidad a las empresas y ayudan a reducir errores o inconveniencias en sus procesos. Por esto es necesario implementar las reglas adecuadas para lograr un liderazgo bueno y eficiente.

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Considero que un buen liderazgo no consiste en improvisar todo el tiempo, sino en establecer reglas y lineamientos claros que ayuden a mantener el orden y la coherencia dentro de una organización. Las reglas bien definidas generan confianza, evitan decisiones impulsivas y permiten que todos puedan actuar de manera más justa y responsable.

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Qué gran enfoque. Existe el mito de que las reglas limitan la creatividad, cuando en realidad la estructura es lo que permite una ejecución brillante y segura. Los grandes líderes no improvisan porque entienden que el orden metodológico da la libertad para innovar sin poner en riesgo a la organización.

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Coincido con el autor en que improvisar suele confundirse con liderazgo, cuando en realidad muchas veces es solo falta de estructura. Sin embargo, me quedé pensando en algo: ¿qué pasa cuando las reglas dentro de una organización son injustas o están desactualizadas? El artículo lo aborda brevemente al mencionar que las reglas también deben reformarse, pero creo que ahí es donde entra la responsabilidad ética del directivo. No basta con seguir reglas; hay que cuestionarlas cuando dejan de servir al fin para el que fueron creadas. Esa tensión entre obedecer y reformar me parece uno de los grandes dilemas éticos de quien dirige.

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Desde mi perspectiva el verdadero liderazgo no se basa en la improvisación constante ni en el poder de decidir todo de manera individual sino en la capacidad de establecer reglas claras que orienten a la organización y generen confianza. Lejos de ser limitaciones, las reglas bien diseñadas funcionan como una guía que aporta coherencia, justicia y estabilidad en la toma de decisiones. Además, cuando se aplican de forma equitativa, fortalecen la credibilidad del líder y evitan la arbitrariedad. En cambio aplicarlas selectivamente puede erosionar la confianza y llevar al desorden. Un buen líder no solo crea y respeta estas bases sino que también sabe interpretarlas con criterio y adaptarlas cuando es necesario sin perder de vista el objetivo común. Incluso…

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