¿En qué creen los que no creen? Liderar con sentido en tiempos de inteligencia artificial
- Alta Dirección Jurídica

- 21 nov 2025
- 4 min de lectura
Actualizado: 15 feb

Por Luis Hernández Martínez*
Polímata en cumplimiento estratégico, ética corporativa, liderazgo regulatorio e investigaciones periodísticas especializadas en empresas y negocios (también un ignorante razonable, y aprendiz para siempre, de otras disciplinas).
Hay una pregunta que incomoda incluso a los más escépticos: ¿en qué creen los que no creen?
No se trata sólo de una cuestión teológica, sino de una tensión existencial y empresarial que atraviesa nuestra época: la búsqueda de sentido (propósito de vida) en un mundo que lentamente traslada la fe hacia el dato, el algoritmo y la eficiencia.
Hoy, muchos líderes empresariales afirman “no creer” en nada fuera de lo medible. Sin embargo, su manera de tomar decisiones, de confiar en un equipo o de defender un propósito revela otra cosa: creen en algo, aunque no lo llamen fe.
Del templo al tablero
El filósofo Umberto Eco decía que “quien no cree en Dios no carece de fe; simplemente la traslada hacia otros valores” (Eco & Martini, 1999). En el siglo XXI, ese desplazamiento se acelera: la confianza que antes se depositaba en la providencia hoy se deposita en el sistema, en la innovación o en la promesa de la inteligencia artificial.
Pero ¿puede un algoritmo sustituir al sentido (propósito) de vida? Charles Taylor (2007) explicó que vivimos en una “era secular” donde el vacío dejado por la religión no se llena con la ausencia, sino con una pluralidad de creencias posibles: progreso, humanidad, tecnología, justicia. Es decir, incluso el no creyente opera dentro de un marco de sentido. No deja de creer; simplemente reconfigura el objeto de su fe.
El auge de la inteligencia artificial representa quizás la forma más sofisticada de creencia moderna. Confiamos en sistemas que aprenden, predicen y deciden, muchas veces sin comprender del todo su lógica interna. Esa confianza ciega en la máquina, advierte Jürgen Habermas (2008), puede convertirse en una forma de “racionalidad instrumental” que reduce la ética al cálculo de consecuencias.
Cuando un líder cree más en el algoritmo que en el juicio humano, se instala una fe sin conciencia, una espiritualidad del dato sin alma. Y sin alma (en el sentido antropológico de principio vital) no hay liderazgo posible, porque el liderazgo implica interpretación, discernimiento y responsabilidad moral, no sólo eficiencia técnica.
El propósito (sentido) de vida en la posmodernidad
Jean-Paul Sartre (2005) sostuvo que, tras la muerte de Dios, el ser humano se condena a ser libre: a construir su propio sentido. Hoy, el directivo contemporáneo se enfrenta a una libertad similar, pero aumentada por la IA: puede decidir más rápido, más lejos, con más información… ¡Y con menos certeza!
La pregunta ya no es sólo qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué debe hacer el ser humano frente a ella. Viktor Frankl (2015) afirmaba que el hombre puede soportar casi cualquier “cómo” si encuentra un “por qué”. En la empresa, ese “por qué” es el propósito; en la ética, es el sentido; en la tecnología, debería ser el servicio a la persona.
Por eso, los que no creen (ni en dioses ni en mitos) siguen creyendo, aunque de otro modo: creen en el poder de la decisión ética, en la dignidad de lo humano y en la necesidad de orientar la técnica hacia el bien común.
Habermas (2008) propone que incluso las sociedades postseculares pueden encontrar un punto de convergencia entre creyentes y no creyentes si ambos reconocen el valor moral del otro. Trasladado a las organizaciones, esto significa que la ética no es una cuestión de fe religiosa, sino de coherencia racional y de responsabilidad compartida.
Liderar con propósito, con sentido
Un líder que no cree en Dios puede, sin embargo, creer profundamente en la justicia, en la palabra empeñada o en la promesa hecha a su equipo. Y esa fe (humana, no divina) se vuelve la fuente de autoridad más sólida que puede tener en un entorno donde los algoritmos deciden más rápido que las conciencias.
Así, la verdadera pregunta no es si creemos o no, sino qué tipo de fe sostendrá nuestra humanidad cuando la inteligencia artificial comience a pensar por nosotros. Si dejamos que la tecnología sustituya al juicio, habremos perdido el alma del liderazgo. Y, sin alma, ninguna organización puede sobrevivir.
Creer, en el fondo, es un acto de dirección. No se trata de dogmas, sino de orientación. Los que no creen en Dios pueden creer en el sentido, en la verdad, en el valor del otro, o incluso, como decía Frankl, en la posibilidad de hacer de la vida una respuesta responsable ante el sufrimiento (adiós hedonismo, refutación al relativismo).
En la era de la inteligencia artificial, creer es resistirse a la automatización del alma. Es recordar que el liderazgo comienza donde el algoritmo termina: en la conciencia.
*El autor es fundador de Alta Dirección Jurídica y Socio del Área de Capacitación de Vission Firm México (miembro de GGI Global Alliance).
PARA CITAR EL PRESENTE ARTÍCULO: Hernández, L. (2025, 21 de noviembre). ¿En qué creen los que no creen? Liderar con sentido en tiempos de inteligencia artificial [Entrada de blog]. Alta Dirección Jurídica. https://www.altadireccionjuridica.com/post/en-qué-creen-los-que-no-creen-liderar-con-sentido-en-tiempos-de-inteligencia-artificial
REFERENCIAS
• Eco, U., & Martini, C. M. (1999). ¿En qué creen los que no creen? Lumen.
• Frankl, V. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder.
• Habermas, J. (2008). Entre naturalismo y religión: Ensayos de filosofía. Paidós.
• Sartre, J. (2005). El existencialismo es un humanismo. Losada.
• Taylor, C. (2007). A secular age. Harvard University Press.



Lo que me gustó es que parte de una idea muy simple pero muy cierta: todos creen en algo. Aunque digas "yo no creo en nada", en realidad sí, nomás que lo que crees puede ser en la ciencia, en el dinero, en tu familia o hasta en un algoritmo. Me quedé pensando en eso porque luego uno dice "yo soy bien racional, puros datos", pero también está confiando en esos datos, en ese sistema, y esa es una forma de "fe". Me dio cosa cuando el autor dice que los líderes muchas veces creen más en lo que dice la máquina que en su propio juicio humano, porque eso sí lo he visto en algunos profes o en casos…
Aunque comparto la visión humanista de buscar un sentido y propósito más allá de los datos, en un entorno de mercado altamente competitivo no podemos permitir que el romanticismo nuble la urgencia tecnológica. Una organización que decida frenar la adopción de algoritmos avanzados en la toma de decisiones por temor a perder su esencia, simplemente quedará fuera de la jugada frente a competidores que sí optimizan su cadena de valor. El reto ético de los futuros empresarios no es resistirse al poder de los datos, sino aprender a liderar organizaciones híbridas donde convivan la máxima velocidad tecnológica y una sólida gobernanza corporativa.
Este artículo me pareció bastante acertado pues es cierto, no es que las personas no crean, si no que trasladan su fe hacia otras cosas. Todos de alguna u otra manera creemos en algo, sin embargo de asegurarnos de poner nuestra fe en las cosas correctas o de encaminarla de la manera correcta, pues como plantea el artículo en el caso de la inteligencia artificial si nos rendimos completamente ante ella, nuestro juicio y por ende el liderazgo se encontrarán en una situación bastante riesgosa, complicada y desfavorable. Por esto me parece bastante importante el mantener nuestra conciencia y regirnos por propósitos y valores reales, no solo por algoritmos.
El artículo me pareció muy reflexivo e interesante porque plantea que, en la era de la inteligencia artificial, el verdadero liderazgo no debe perder el sentido humano, ético y moral. Además, invita a pensar que la tecnología puede ayudar en la toma de decisiones, pero nunca sustituir completamente la conciencia, los valores y el propósito de las personas.
Se piensa que la tecnología y la IA pueden resolver todo por la cantidad de información que manejan, pero este artículo recuerda que sigue existiendo una parte humana que no puede reemplazarse tan fácilmente. Considero valiosa la idea de que más allá de los algoritmos, las personas seguimos guiándonos por valores, propósito y sentido, porque al final no todo se reduce a datos o eficiencia, aunque eso depende de la voluntad de cada uno.